Mientras que el gobierno de Lula da Silva en Brasil ha optado por un enfoque pragmático centrado en intereses comunes apoyándose en su fuerte posición en el grupo BRICS y el Sur Global, México se encuentra en una situación mucho más compleja.
El actual gobierno mexicano enfrenta una altísima interdependencia comercial y de inversiones con los Estados Unidos, lo que, sumado a las presiones migratorias y de narcotráfico de la administración de Donald Trump, obliga a mantener una postura diplomática sumamente cuidadosa para evitar la imposición de aranceles que golpearían severamente su economía.
Este viraje político responde en gran medida a un movimiento pendular cíclico en el electorado, el cual se activa cuando los gobiernos de turno no logran satisfacer las necesidades de la población.
Tras el fin del superciclo de las materias primas en 2013, que dejó a administraciones de centro-izquierda (como en Bolivia) sin financiamiento para sus programas sociales, se agudizó la percepción de una clase gobernante que actúa de espaldas a la ciudadanía.
En este escenario emerge la llamada “nueva derecha”, impulsada de manera estructural por las redes sociales para captar votantes con un discurso antisistema y proseguridad.
Al igual que ocurrió con la marea rosa de principios de los 2000 y los gobiernos neoliberales previos, el descontento social podría volver a activarse si las promesas de bienestar no se materializan, exponiendo a los nuevos líderes al mismo desgaste político que sufrieron sus antecesores, refiere el analista Jorge Codas Thompson.