La historia de Orlando Gill es un ejemplo de resiliencia ante la adversidad. Antes de alcanzar la gloria mundial, Gill enfrentó momentos de extrema precariedad; durante su etapa en la Sub-20 de Paraguay, Mario Jara comentó que llegó a vender su propia ropa de entrenamiento para poder alimentar a su hijo recién nacido.
A pesar de los sacrificios, el camino no fue sencillo, pues tuvo que lidiar con la falta de confianza de la prensa y la afición, quienes hoy reconocen haber sido “tapados” por su jerarquía en el arco.
Su paso por el fútbol argentino también estuvo marcado por la injusticia. En San Lorenzo de Almagro, Gill estuvo seis meses sin ser habilitado para jugar, entrenando solo debido a que, según Jara, el entonces coordinador, Néstor Ortigoza, le cerró las puertas asegurando que no era arquero para ese club.
No obstante, Gill “puso el pecho”, esperó su oportunidad y demostró su valor, debutando con una tranquilidad que parecía la de un veterano de cien partidos.
El punto de inflexión llegó en el reciente compromiso mundialista, por los 16avos de final ante los teutones, donde Gill atajó dos penales críticos para asegurar la clasificación de Paraguay, tal como lo había vaticinado Mario Jara antes del encuentro.
ajo la dirección de Gustavo Alfaro, Gill no solo ha dado seguridad al equipo, sino que se ha convertido en un símbolo de esperanza para el país.
Con el interés de clubes extranjeros en aumento, el joven arquero introvertido que habla con sus manos en la portería hoy disfruta de un presente que, según las estadísticas, lo posiciona entre la élite mundial.
